Banner

La pintura es como entrar a un cuarto obscuro: Arturo Rivera.

Compartir nota

Por Gabriela Cortés y Mercedes Cortés

Noticias

El proceso de la creación que desentrañe la definición del estilo de un artista plástico es tan variado como el número de artistas existen en el mundo. En este sentido, engendrar un origen es para el pintor mexicano Arturo Rivera ver en lo más profundo de sí mismo y “vomitarte” en la obra, una catarsis que se convertirá en la cuna para el desarrollo de un artista.

El ganador del premio de la II bienal Internacional de Beiging junto a los pintores alemanes Gerhard Ritcher y Anselm Kiefer y reconocido por el co-creador de la museografía en México, Fernando Gamboa como un “nuevo valor” del arte en México, manifestó en entrevista para Noticias que en el oficio de la pintura no existen claves, por el contrario, se asemeja a la introducción a un cuarto obscuro, donde una vez que las pupilas se aclimatan para descifrar sus magnitudes y composiciones, es necesario abandonarla para experimentar nuevas latitudes que garanticen la marcha de un ciclo progresista.

“No hay claves en éste oficio, es entrar en un cuarto obscuro en el que al principio no ves absolutamente nada, después de un tiempo ahí las pupilas se empiezan a abrir y comienzas a distinguir todo, así poco a poco hasta que ya ves tanto que te deslumbras y te aburres. En ese momento tienes que abrir otra puerta en donde te encontrarás con la obscuridad otra vez, al principio obviamente te quieres regresar porque ya habías convertido la habitación pasada en una zona de confort, pero tienes que empezar de cero, ahí se reinventa un artista”

Rivera, quien en los años 80tas fue asesor técnico de uno de los representantes más trascendentes del surrealismo alemán, Mac Zimmermann, recordó que la búsqueda de su propio origen al egresar de la Academia de San Carlos  se vio envuelta de repetidas experimentaciones que lo llevaron a incursionar en diversas manifestaciones artísticas.

“La búsqueda es muy interesante, todos tenemos caminos diferentes, cuando yo salí de San Carlos experimenté muchas cosas, hice uno (una pieza) en el que colgaba muchas jaulas de gallinas en un espacio muy grande con muchos amigos, después hice otro que se llamaba “Suceso urbano” o “Alteración lúdica de un espacio público”; en ese entonces no  existía nada de eso por fortuna, la música la creábamos aventando llantas para que hubiera claxonazos”.

Sobre esta concepción, enfatizó que dadas las condiciones para el ascenso del artista, resulta necesario enfocar esfuerzos hacia la reinvención, pues se corre un riesgo patente de estancarse.

“Una vez escuché algo que es muy cierto, Ángeles Mastretta hizo tres libros fantásticos pero no se pude reinventar, se quedó ahí porque hay un momento en el que te quedas ahí; el primer libro es el despegue, luego viene el segundo y después te empiezas a aburrir, tienes que reinventarte, en ese proceso se quedan muchos”.

Perteneciente a la generación de artistas asociada  con el pintor Gabriel Macotela y el escultor Enrique Carbajal, conocido como “Sebastián”; Arturo Rivera, vehemente conversador enfatizó que  la pintura es un oficio en el que los grados académicos no otorgan la garantía de su dominio.

“¿Cómo puede ser una Facultad la pintura?, ¿licenciatura, maestría y doctorado?, ¿ahora ya existe el doctor pintor? Esto no es académico, esto es un oficio; una escuela, no una Facultad”.

Nueva York

Sobre su propio recorrido en la plástica, Rivera descrito por el poeta y escritor Jaime Moreno Villarreal como “un pintor obsesionado por las manifestaciones más terribles de la belleza”, recordó que años después de egresar de la universidad, en la casa de su hermano conoció a un amigo que lo invitó a Nueva York, ciudad a la que arribó poco tiempo después con solo 2 mil dólares que le permitieron rentar un departamento y sobrevivir por dos meses.

“(…) ahí aprendí mucho de pintura y muchas otras cosas, podía salir tomar el metro y ver a Velázquez, o a Ingres (pintor francés) los museos son impresionantes allá y recuerdo que solo tenía que pagar un centavo para entrar, eso me aportó muchísimo”.

A pesar de que sus ingresos sólo le garantizaron el sustento por pocas semanas, su estadía en una de las aglomeraciones urbanas más grandes del mundo, se prolongó por siete años en los que como trabajador de una fábrica de pintura se procuró lo necesario para pintar e integrarse al círculo social artístico.

“Eran los 70tas,  yo tenía muchas novias, estaba mucho en la tertulia, así conocí en una casa de exposiciones a Mac Zimmerman, ahí exponían todos los grandes latinoamericanos Jacobo Borges, Soto… y daban unos cocteles maravillosos”

Su principal fuente de información, -comenta- era una vecina que a través de un mensaje por biper le daba los pormenores de las exposiciones a las que le gustaba asistir para aprovechar los cocteles y convivir con sus colegas; relaciones que eventualmente lo llevarían a trabajar en ciudades de Alemania e Inglaterra.

Juan Gelman y la conciliación artística de Amaramara

Luego de su estancia en Nueva York y numerosos producciones de por medio, Arturo Rivera se asentó en la colonia Condesa de la Ciudad de México donde durante una caminata por el Parque México (Parque General San Martín) se encontró de frente con Juan Gelman, multigalardonado poeta argentino.

“Yo ya conocía su obra y cuando él ganó el premio Cervantes se salía mucho a caminar aquí al Parque México entonces un día nos topamos y lo saludé, le dije que conocía su trabajo y después él vio obra mía y me quiso conocer también, así nos hicimos buenos amigos”

Su amistad que sentó sus raíces en el mutuo reconocimiento artístico, selló su trascendencia en la creación del trabajo editorial conjunto: Amaramara, una compilación de 29 poemas de Gelman compaginados con 20 obras de Rivera bajo un régimen de “libertad creativa” donde los autores produjeron su obra sin la intención de hacerlas coincidir.

“Me invitó a participar en su libro Amaramara pero yo nunca había hecho ilustración y me propuso hacer pinturas de mi producción, pues me dijo que él había escrito el libro como él quiso, así que yo también tenía completa libertad creativa.

Y pese a que el deseo del escritor era compartir el crédito con el pintor, Rivera señaló que nunca estuvo de acuerdo con ello, por lo que en el libro que tiene como portada la obra titulada “Botellín”, se lee: Pinturas de Arturo Rivera.

“Él quería poner la autoría como Gelman-Rivera pero yo nunca estuve de acuerdo”.

Arturo Rivera hoy.

Actualmente el artista que hoy cuenta con obras expuestas en recintos culturales como el Museo de la Tertulia de Cali, Colombia; el Banco Central de Quito, Ecuador; el Museo de Arte Contemporáneo en Monterrey  y el Instituto Cultural de Washington en Estados Unidos, sostuvo que experimenta con un tratamiento más científico del color a partir del pantone compartido por un colega.

“Esto lo he hecho por curiosidad pero a la mera hora si yo tengo los colores básicos esto me vale madres. (…) Voy a ver, apenas lo voy a experimentar”.

Comentarios

comments

Compartir nota