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De política y cosas peores

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Agencia Reforma POR CATÓN.

Son muy conocidos “Los monólogos de la vagina”.

Pero ¿por qué no hay “Los monólogos del pene”? La respuesta viene al final de esta columnejilla…

La señora de la casa le dijo al encargado del censo: “Tengo estos tres hijos que ve usted, y otro que viene en camino”.

Repuso el empleado: “No se le nota, señora”.

Contestó ella: “Es que lo mandé a traer el pan”.

La hija del farmacéutico del pueblo fue secuestrada por maleantes.

Días después el atribulado padre recibió una llamada telefónica de los secuestradores.

Le dijo una voz ronca: “Somos dos.

Mándenos 10 millones a cada uno”.

Respondió el señor lleno de angustia: “¡No tengo ese dinero!”.

“Nadie habla de dinero -aclaró el que llamaba-.

Mándenos 10 millones de unidades de penicilina.

Su hija nos contagió una enfermedad venérea”.

Terminó el trance de amor, y Dulcilí, muchacha ingenua, le preguntó a su seductor: “Afrodisio: ¿tú crees que seremos felices cuando nos casemos?”.

Quién sabe -respondió el torpe galán-.

Depende de quién nos toque”.

Empezó la noche de bodas, y la flamante novia dejó caer el vaporoso negligé que la cubría.

El anheloso galán se sorprendió al ver sendos carteles en el busto, las pompis y el bajo vientre de su mujercita.

El primer cartel decía: “Mil pesos”.

El segundo: “2 mil”.

El tercero: “5 mil”.

Dijo el muchacho desolado: “Ahora ya no me cabe ninguna duda, Avidia.

Te casaste conmigo por dinero”.

De los males de la naturaleza nos hemos librado muchas veces los mexicanos, como sucedió -gracias a nuestra fe- con el huracán Patricia.

Sin embargo no nos dejan en paz los males causados por los hombres.

Otra vez algunos de los mal llamados maestros de la CNTE buscan en Oaxaca recuperar por medio de presiones y violencias los privilegios que perdieron.

Quieren volver a ser dueños de la educación, de las escuelas, de los niños y jóvenes, y así mantener en el atraso a esa entidad.

Ante esa nueva intentona las autoridades tanto del estado como de la federación han de mostrar mano firme y aplicar rectamente la ley cuando los pugnaces líderes y sus incondicionales se aparten de ella.

No se debe dar marcha atrás en la recuperación de los planteles ni en la supresión de los indebidos gajes, prebendas y canonjías de todo desorden -que no orden- que disfrutaron durante tantos años.

El bien de Oaxaca, de su niñez y su juventud, no pasa por la CNTE.

Don Astasio se encaminó a su domicilio tras de cumplir su jornada de 8 horas de trabajo como tenedor de libros.

Llegó a su casa y colgó en una percha el saco, el sombrero y la bufanda que usaba aun en días de calor canicular, y luego se dirigió a su alcoba a fin de recostarse un rato antes de la cena.

Lo que vio en la recámara lo dejó sin habla: su esposa, doña Facilisa, se encontraba en el lecho conyugal empiltrada con su compadre Venerino.

No dijo nada el lacerado esposo.

Salió de la habitación y fue al chifonier donde solía guardar una libreta en la cual anotaba dicterios para enrostrar a su mujer cuando la sorprendía en ocasión adulterina.

Volvió a la recámara y le dijo a la pecatriz: “¡Pendanga!”.

Al oír eso el tal Venerino le dijo muy serio a don Astasio: “Compadre: le suplico que en mi presencia no le diga palabras feas a la comadre”.

“También a usted le debería decirle alguna, compadre -respondió el infeliz mitrado tratando de contener su justo enojo-, mas desgraciadamente no tengo de momento ninguna que pueda aplicarse al género masculino”.

“Varias debe haber -repuso el mal compadre-, todo es cuestión de buscar.

Pero dígame, con la confianza que nos une: ¿por qué lo veo tan enojado?”.

¿Cómo por qué? -rebufó el ofendido-.

¿Le parece poca cosa refocilarse con mi mujer?”.

“Usted tiene la culpa, compadre -replicó Venerino-.

Es de muy mala educación irrumpir en una habitación sin llamar antes, o al menos toser discretamente.

Estoy seguro de que interpreto la voluntad de mi comadre si le pido que en el futuro se anuncie usted antes de entrar”.

La severidad con que el compadre lo amonestó hizo que don Astasio se dijera: “¡Qué pena con el compadre!”.

Y así diciendo salió del aposento.

“Los monólogos de la vagina” son bien conocidos.

Pero ¿por qué no hay “Los monólogos del pene?”.

Porque el pene tiene voz de pito.

FIN.

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