A UN AÑO DEL AMARGO DESPERTAR

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POR LUIS MONTES DE OCA Noticias Aun año de las tragedias vividas por los sismos del 7 y 19 de septiembre de 2017, en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, la herida aún sangra: casas derruidas, la iglesia de San Vicente Ferrer detenida por polines y a punto de desmoronarse, edificios icónicos como la Casa de la Cultura, donada y equipada por el Maestro Francisco Toledo, no sólo perdió bardas y techos, sino sus murales, entre ellos el de Luis Nishizagua (1918-2014).Juchitán ahora nos recibe con una escultura: una altiva mujer que lleva en la cabeza las iguanas maniatadas para la venta; imagen que fue conocida en el mundo gracias a una extraordinaria fotografía de Graciela Iturbide.

Tras ella, los cañones que perdieron las tropas francesas en su huida porque a Juchitán nunca lo han logrado someter, tampoco las fuerzas de la naturaleza, porque si bien se vino abajo con los sismos, la alegría no se las han podido arrebatar.

Duelen las imágenes de la ciudad, sobre todo la cuarta y la novena sección, donde parece que el diente de la tragedia se hincó con mayor saña, pero las huellas de esas fuerzas se ven inclusive en los panteones municipales: “El Espíritu Santo” y “Miércoles Santo”, donde descansan los restos de grandes hombres: Gabriel López Chiñas; General Eliodoro Charis Castro; Víctor de la Cruz; Daniel López Nelio; Macario Matus, el Mayor Leopoldo Degyves; Panza y tantos otros que dejaron la vida en la búsqueda del bienestar de su pueblo, de sacar adelante un Juchitán insalubre y con un marcado atraso en su desarrollo; ahí se ve también destrucción… o será acaso que quisieron salir para dar su tequio en la reconstrucción y por ello se ven las lápidas rotas.

Es de destacarse ahora las labores del Ejército Mexicano que levantó una escuela derruida totalmente, para habilitarla y que los estudiantes de secundaria no perdieran clases, pero además para que estén seguros, porque no ha dejado de temblar.

El Hospital Civil, también está por concluirse y se espera que no sea solamente el cascarón.

LOS CENSOS En la tragedia, el gobierno federal acudió en auxilio de la población: Enrique Peña Nieto, José Calzada Rovirosa y José Narro Robles, estuvieron presentes, se dio ayuda y se procedió a levantar el primer censo… ¿qué pasó entonces? Muchos de los habitantes al enfrentar la tragedia o por estar fuera de Juchitán, tal vez por la ignorancia de los trámites, no se registraron en el primer censo y luchar porque se les reconozca en un segundo, sin encontrar —afirman—respuesta en sus autoridades del os tres órdenes de gobierno.

El sábado 25 de agosto se dieron cita en Juchitán los damnificados en su octava reunión nacional, ahí representantes de Morelos, Chiapas, Tabasco, Ciudad de México y de los pueblos afectados en Oaxaca, sobre todo Juchitán, sostuvieron una asamblea donde denunciaron los problemas que enfrentan y decidieron plantarse este lunes ante las autoridades federales para exponer de viva voz su situación en espera de una respuesta a sus demandas.

Leopoldo Degyvez destacó en entrevista que también acudirán a la casa de transición de Andrés Manuel López Obrador, para que las nuevas autoridades conozcan y actúen sobre este y otros problemas que enfrenta la gente del Istmo de Tehuantepec, como la proliferación de aerogeneradores, para la energía eólica y que aun teniendo ofrecimientos no cumplidos, les cobran el suministro de energía eléctrica sin ningún subsidio, pese a ser damnificados.

Fuera de la VIII Asamblea Nacional de Damnificados realizada frente al derruido palacio municipal, caminar por Juchitán es repetir las imágenes de los pueblos bombardeados: la destrucción, bardas partidas, pisos de lo que fueron casas al aire libre, montones de escombro… a veces un silencio que impresiona al meterse entre las calles que enseñan todavía la huella destructora del sismo del 7 de septiembre, fecha en que muchas familias celebrarán el cabo de año de sus víctimas mortales.

LA IGLESIA DE SAN VICENTE FERRER Las vigas se ven deteniendo lo que fue la entrada y barda perimetral.

El campanario fuera de eje y a punto de colapsarse es detenido con una estructura tubular metálica.

Adentro es como si todo estuviera detenido con alfileres, da la impresión de que en cualquier momento se vendrá abajo.

Sobre el piso están los rostros de los ángeles rotos, manos de algunos santos.

Polvo, grietas, muros abiertos, luz que penetra por las ventanas y la separación de las paredes, para focalizar la destrucción.

Afuera: imágenes de algunos santos rescatados que muestran los efectos: sin manos.

Destaca un Cristo sin brazo, un Sangrado Corazón, puestos a salvo sobre otro muro.

El piso del estacionamiento está sumido.

Nos explica el Policía José C Cruz.

Que es donde estaban los autos del cura párroco estacionados y que la torre del segundo campanario aplastó al caerse dejando sumido el piso del golpazo.

Pasos adelante está la emblemática Casa de la Cultura, donada y equipada por el Maestro Francisco Toledo, recinto que albergó movimientos culturales como el de los pintores jóvenes y los murales efímeros, dirigidos por el entonces director Macario Matus, poeta, periodista, crítico de arte y promotor incansable de la cultura zapoteca.

Llueven los recuerdos entre el escombro, en los amontonamientos de tierra y piedras que se encuentran afuera de lo que queda del edificio están los libros de la biblioteca, tesoros perdidos, ejemplares de la Revista Guchachi reza.

Con pena nos dice el vigilante: niños, familias, hombres todos colaboraban con la Casa de la Cultura, traían a donar los ídolos que se encontraban en la laguna, en los surcos, para que se preservara la historia y de ellos no quedó sino pedacería, se rompieron todo, ahí estaban nuestros orígenes y ahora ya no queda nada de ellos.

Duelen los pasos, luego en la plaza principal entramos al mercado y ahí los huipiles, los bordados y tejidos el oro, la filigrana, los ahogadores, aretes, pulseras, los guisos como iguana en caldo rojo, su cadencia al hablar su lengua materna, sus risas sus mismos olores.

Juchitán a un año del sismo que lo echó abajo, se levanta, todos trabajan, los mototaxis, con como hormigas que llevan paso apurado de un lado para otro y resuenan las palabras que les dijo algún día Rosario Ibarra de Piedra: “ya nos han robado todo, pero la alegría no nos la podrán robar”.

 

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