SENTIMIENTOS-ACTITUDES DE CRISTO EN EL MISTERIO DE LA EUCARISTÍA

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POR P. PRISCILIANO HERNÁNDEZ CHÁVEZ, CORC. Vivimos un contexto dolorosamente de crimen.  Parece que nuestro tiempo y nuestras tierras están bajo el signo de la muerte. El espíritu de Caín cabalga en la mente y en el corazón de muchos de nuestros contemporáneos. Jóvenes que viven el vértigo de la violencia, vida breve, dramática y bajo el imperio del narcotráfico, convertido en narcoterrorismo.

Las ideologías de la muerte que campean en grupos minoritarios pero escandalosos, académicos, legisladores y manipuladores de la opinión que esgrimen sofismas contra la vida del nonato o del naciturus, por el supuesto derecho de la mujer a su cuerpo como base para el derecho al aborto que es tanto como conceder el derecho al asesinato, crimen no sólo de lesa humanidad sino de lesa Patria.

Ya san Juan Pablo II lo sentenciaba: “un nación que no defiende a sus hijos, no tiene futuro”.

La celebración y participación en la Eucaristía, es un servicio extraordinario a la vida si lo vemos a partir de la continua actualización de la nueva, eterna y definitiva Alianza, porque la Eucaristía es el don del amor, el don para que el mundo tenga vida.

Es victoria del amor sobre el mal y la muerte.

Es el don del Padre, su Hijo, es la plena y constante donación del Hijo al amor del Padre en el amor a la humanidad rota.

El Señor Jesús en la noche en que fue entregado, “tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes” (1Cor 11, 23-24).

Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo del amor total ( Jn 13, 1.

) Jesús en la Eucaristía realiza un “ot”,- acción profética.

Anticipa la propia muerte, la hace presente en el pan partido y compartido que se convierte en su propio cuerpo y el vino que será su sangre derramada; transforma su muerte en un sacrificio de la Alianza para la comunión de todos.

Cuando se habla de la Eucaristía, se insiste en la transustanciación, y está bien, pues sin ella no existiría este extraordinario sacramento.

Cambio de sustancia, aunque se conserven los accidentes del pan y del vino.

La presencia real es la forma que determina el sacramento del cuerpo y de la sangre del Señor inmolado y glorificado.

Pero conviene subrayar nuestra transformación personal, de acontecimiento de ruptura y muerte en acontecimiento de vida plena por la comunión con Dios y con los hermanos.

La sangre derramada de un crimen de perversos, crimen de Estado, -no de supuesto blasfemo que le correspondería en su tiempo la lapidación, sino lo más infamante como enemigo supuestamente del César lo ejecutaron con la crucifixión- , en sangre de la Alianza.

Esta es la verdadera victoria del amor de Jesús nuestro Señor que puede ser lo que determine nuestra vida, desde la Eucaristía, en Jesús, vida donada, día a día y que nos capacite para el martirio como condición de futuro.

San Pablo no duda en decir del Crucificado, maldito el que pende de un madero (Gal 3, 13; Dt 21, 23).

Jesús asume esta situación como ocasión del amor de sí pleno, don total, para ser instrumento de la comunión con Dios y con los hermanos.

Así en su sangre derramada funda la Nueva Alianza.

Este es el dinamismo del amor victorioso, que participamos cuando celebramos la Eucaristía y participamos del banquete eucarístico, comida sacrificial.

Aquí está la fuerza para progresar en el amor, aquí está la fuente verdadera de la vida y su misma cumbre.

Su sangre no se da como aspersión, según la Antigua Alianza, sino en bebida.

Si no comemos su carne y no vemos su sangre no tendremos la Vida, su vida.

Sólo así se da una mutua inhabitación o una mutua inmanencia: Yo en ustedes y ustedes en Mí (Jn 6, 56).

Nosotros damos gracias de la comunión, cuando Jesús primero hace la acción de gracias eucharistesas.

Da gracias al Padre, como en otras muchas ocasiones, para abrir el camino de la generosidad del Padre.

Le da un cuerpo que habrá de transformarse en sacramento de vida, de la vida ofrendada en la cruz; una sangre que se derrama y que será la bebida de la Alianza nueva, eterna y definitiva.

La fuerza del amor oblativo o como don de sí le viene del Padre.

La Iglesia entiende que la Eucaristía es don del Padre para la misma Iglesia.

La liturgia da gracias al Padre en la oración de la comunión.

Jesús celebra esta Pascua-Alianza, para que sea celebrada por los discípulos ordenados de ayer, de hoy y del futuro: “hagan esto en memoria de Mí”.

Dice el Cardenal Albert Vanhoye: “El amor que provine del Padre pasa a través del corazón de Cristo y transforma un acontecimiento trágico y escandaloso en una fuente de gracia infinita.

Cuando celebramos la Eucaristía y comulgamos, recibimos en nosotros este intenso dinamismo de amor, capaz de trasformar todos los acontecimientos en ocasión de la victoria del amor…” Podemos transformar las situaciones de muerte en ocasión de vida por la celebración de la Eucaristía vivida como misterio de trasformación real en Cristo Sacerdote, Victima y Altar.

Es el reto y es nuestra misión urgente hoy para colaborar eficazmente en el cambio del contexto de muerte y llegar a la paz que en Cristo, sobrepasa todo entendimiento.

Para lograr nuestra trasformación en Cristo, hemos de tener los mismos sentimientos- actitudes que tuvo Cristo y que se plasman y se perfilan admirablemente en la Eucaristía que celebramos y en la cual participamos.

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