De política y cosas peores

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Agencia Reforma “Me hace recordar al estúpido de Trump cuando dijo que un hombre famoso e importante puede agarrarle el coño a una mujer y no sufrir ninguna consecuencia.

Yo soy víctima de ese tipo de agresión.

Quiero decir que soy objeto de acoso sexual.

Alguien que no haya pasado por eso no sabe lo que es.

Desde luego ofende que te digan palabras que pretenden ser halagadoras y que en verdad son insultantes.

Indigna más aún que alguien toque tu cuerpo sin tu consentimiento: lo que algunos ven como travesura es en verdad un asalto a tu persona.

Pero lo que más afecta es el sentimiento de impotencia ante esos ataques; el no poder hacer nada para impedirlos, y menos aún para castigarlos.

Lo mío empezó en la oficina donde trabajo.

Si la gente supiera todo lo que sucede en las oficinas no las consideraría lugares aburridos.

Cada oficina es un mundo lleno de sentimientos y pasiones.

Mira: a mí me gustaban cosas que a mis hermanas no les agradaban, por ejemplo las películas de monstruos.

Quizá por el recuerdo de lo que vi en el cine ahora imagino que en mi oficina pululan criaturas horripilantes de pieles escamosas color verdinegro, rojo sangre, amarillento.

Esos engendros son la envidia soterrada, los celos que no se dan a ver, la soberbia escondida a duras penas, la ira que no se atreve a estallar.

Andan entre los escritorios, feroces, con su carga de odios y resentimientos, de bajos instintos, de oscuros impulsos miserables.

Mientras tanto nosotros nos sonreímos unos a otros, y nos damos los buenos días con amabilidad, y les preguntamos a aquéllos a quienes no podemos soportar: ‘¿Cómo estás? ¿Cómo está tu familia?’.

Todo es hipocresía y falsedad.

Quisiera largarme de aquí, pero tengo que trabajar.

Necesito el dinero.

Por eso tuve que aguantar lo que aguanté; por eso sigo aguantando lo que aguanto.

A veces me dan ganas de plantarme en medio de la oficina y gritar a voz en cuello lo que me está pasando.

O de plano presentar una denuncia.

Pero nadie me haría caso; mis compañeras se reirían de mí; lo único que conseguiría sería perder el empleo.

Si eso sucediera me sería difícil hallar otro, y más si se llegara a saber por qué salí del anterior.

Todos dirían que yo tuve la culpa; que la provocación vino de mí; en fin, lo que se dice en estos casos.

Y luego, sin trabajo, ¿cómo voy a mantener a mi mamá, y a pagar el alquiler del departamento, y la mensualidad del coche? Con lo que gano apenas me alcanza para eso y para los pocos gastos que tengo.

Vivo, como se dice, al día.

Si no trabajo hoy no podré comer mañana, ni alimentar a mi madre, ni comprarle sus medicinas.

Me aguanto, pues, y cada día voy al trabajo con el miedo de que aquello vuelva a suceder.

Para colmo a nadie le puedo contar lo que me está pasando.

Haría el mayor de los ridículos, y si de algo tengo miedo es del ridículo.

No hago nada, entonces, y dejo que las cosas pasen.

Pero esos tocamientos, los que me recuerdan al odioso Trump, me enfurecen.

Apenas puedo contenerme cuando me pone las manos encima, cuando me agarra allá abajo, cuando intenta torpemente que responda a sus manoseos.

Quisiera salir corriendo de su privado.

Pero debo permanecer ahí, y soportarlo todo, y oír su respiración agitada, y las risitas forzadas con que trata de aligerar su culpa.

Quienes no han sufrido algo como eso -unas manos enemigas en tu cuerpo; una boca babeante en tu mejilla; una mirada procaz cuando te acercas- no saben lo que es ser víctima de una agresión así.

¿Qué hago, díganme? Soy acosado sexualmente por la directora de la empresa, por mi jefa, y debo callar”.

FIN.

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