Editorial (Festividades)

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Con el encendido anoche del Árbol de la Amistad inició Querétaro sus festejos decembrinos, los más tradicionales que se remontan a hace varias centurias y que son un espacio para la convivencia familiar, los festejos vecinales y la vivencia primigenia de unidad y encuentro.

No en balde el evento se realiza ante la viejísima araucaria que durante muchos años fue el Árbol de Navidad, el más alto de Querétaro, que tuvo qué ser resguardado de luces ante el deterior que por el calor que desprendían aquéllas fue haciéndose notorio.

Llamado después Árbol de la Amistad, conserva el ánimo popular de ser un ícono de unidad y de alegría; de fiesta y también de reflexión ante problemas latentes no resueltos en medio del desarrollo y el crecimiento, como la pobreza, la indigencia, el trabajo infantil y otros más inherentes al crecimiento y al cambio de los tiempos, en los que más que nunca se entronizan el consumo y la superficialidad.

Ante estos embates Querétaro ha sabido guardar sus tradiciones trascendentes y benignas que se manifiestan largamente durante el período recién iniciado en el que se entreveran Ferias, Posadas, Nacimientos, Coros y Villancicos con sus rescoldos de reflexión que hablan de convivencia familiar, de reconciliación, de afectos, de trabajo y de solidaridades.

En la efeméride en la que también se inauguró el Nacimiento Monumental en el Jardín Zenea, que data ya de hace 25 años, el gobernador Francisco Domínguez Servién exhortó a disfrutar “juntos” Querétaro; a renovar la voluntad para seguir trabajando unidos por un mejor futuro.

Al margen, continúa la Feria Internacional con sus grandes y tradicionales atractivos, a la vez que se preparan los tradicionales Carros Bíblicos y los de la Cabalgata que hablan de un Querétaro que sabe conservar herencias, que pese a su crecimiento y diversidad, se plantea aprender de la historia, destacar a sus personajes y gratificar el presente con vistas a un futuro que debe ser mejor para todos.

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