Los Escaloneros de la Peña de Bernal

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Por Luis Montes de Oca

La adoración a la Santa Cruz es una forma de vida.

Entonces se adelantan las percusiones de un tambo con cuero estirado y dos palos como baquetas, retumba el sonido ancestral del Tlalpan Huehuetl y como cauda de este cometa atravesando la peña, los niños que aprenden danza dirigidos por sus maestros, bailan para anunciar el paso de la Santa Cruz de Regreso a casa, al templo, a su templo.

Viene la Santa Cruz, ataviada con su traje limpio, con la milagrera y el Divino Rostro, vienen sus fieles devotos, los Escaloneros y sus hijos y familias, las cruces de la recepción, vienen todos porque ser escalonero es una tradición de fe y una forma de vida.

Los mascarados se alejan, se meten entre las callejuelas, para cortar camino y llegar antes a la iglesia y esperar el arribo para dar el anuncio con el repique de campanas y así todo Bernal sabe que regresó la Santa Cruz.

¿Cuántas cosas se tienen que cumplir para llegar a este momento…? ¿Por qué este constante peregrinar?

Es el domingo 16 de abril y es el pueblo mágico de Bernal. Desde temprano los hombres podan el árbol que se encuentra a la entrada de la Iglesia de la Santa Cruz. Lo hacen con cuidado para que las ramas no afecten el cableado al cortarlas de certeros machetazos. Los esquilmos son acomodados ordenadamente, porque pasarán a ser leña.

Adentro de la iglesia, un grupo de Adoradoras de María reza, han colocado un Ara, antes del Altar principal. El tiempo corre lentamente.

Luego, uno a uno o en pequeños grupos, van llegando los Escaloneros. Se organizan, ven lo que van a llevar, quién llevará los cohetes, los sahumerios, llevan limón, morrales, un machete y así pasan a despedirse en el Altar, a recibir la bendición de su templo y emprenden el camino.

Son 20 o más que van partiendo a su paso el pueblo de Bernal. Cruzan por las principales avenidas, entre la gente, no necesitan reconocimientos, uno que otro conocido sale de una tienda o restaurante y saluda. Luego se escucha el comentario: “Son los Escaloneros, van por la Cruz”, pero ellos sigue su charla camino a la Peña, caminan ahora entre comercios que se extienden ya hasta la falda del peñón y donde inicia el ascenso se detiene Armando Martínez y comienza a repartir botellas de un litro de agua a cada uno. Le pregunto sobre el pago de esas 20 o más botellas y comenta que no es nada, que, doña Irma Sánchez Salinas, la propietaria de la Fuente de Sodas, les obsequia el agua cada que suben por la Santa Cruz por esta ruta.

El turismo cruza a su paso, no todos tienen idea del hecho que ocurre frente a sus ojos. Algunos, prefieren ir en busca de otras rutas, meterse a la zona de reserva o conservación, buscar hallazgos como una piedra bonita o una biznaga, sin pensar que depredan, que arriesgan su vida o que dejan testimoniales de su amor de momento con inscripciones sobre la roca, como lista de espera para la inmortalidad, o como dice un joven escalonero: “y a nosotros qué si se aman o no, mejor que no pinten las rocas”.

Poco a poco se va rebasando al turismo que goza de la escalada, el sol está a plomo, rebasa el medio día, cuando llegamos a la Capillita, donde se dan las gracias y se recibe la bendición.

Armando Martínez y Pedro Reséndiz, con quienes camino, me preguntan si alguna vez he probado el agua de El Cuervito. Les comento que sé por pláticas con entrañables amigos de Bernal, de todas las propiedades que tiene, pero que nunca la he probado. Entonces hacen un alto en el camino, abren una pequeña puerta metálica y vaya sorpresa, ahí está el manantial, agua de la Peña de Bernal, agua medicinal, que ingre, además de otras propiedades que se le reconocen como la longevidad.

Pruebo esa agua de las entrañas de la tierra, sabe distinto, no tiene el dejo del cloro o el embotellamiento, sabe a agua, aunque el agua sea insípida.

Regreso la botella y la vuelven a meter. Entonces pregunto si la regresarán y responden que no, que es para que la lleve. Así establecimos el reto: si llego hasta la cima, será propiedad del agua de El Cuervito, si no, es que no funciona.

Cabe aclarar que a finales de marzo o principios de abril acompañamos a los Escaloneros para subir la Santa Cruz y en esa ocasión el agotamiento y el mareo me alcanzó un poco antes de llegar a la cúspide, donde empieza la zona de grapas y allí tuve que permanecer, entre precipicio y talud, hasta su descenso.

Así pasamos el Huizachito y el Mal Paso, ahora conocido como el puente. Era —nos explican— un paso muy estrecho y peligroso, donde apenas cabía una persona y la cruz entraba de lado. Afortunadamente se construyó un puente y se salvó ese peligro, que ahora es un puentecito improvisado para la venta de aguas y golosinas.

A fuerza de brazo y cuerda se vence otra zona complicada por su inclinación, tal vez unos 70 grados, hasta alcanzar nuevamente el principio de las grapas.

De la Capilla de la Santa Cruz ha salido otro grupo que lleva las andas y el arco hasta la Capilla en el descanso, para esperar a la Santa Cruz, para ser vestida y trasladada a su casa, el templo, su templo.

Inicia el ascenso por las grapas, un reto en cada paso, un esfuerzo mayúsculo para sostenerse apenas detenido con las puntas de los pies y agarrado de las rocas. No hay líneas de vida, hay fe y tranquilidad, valor. José Luis Martínez orienta, explica dónde y cómo sostenerse para alcanzar la otra grapa. La vista está fija en los lugares donde se pondrá el pie o la mano. Ellos lo hacen con naturalidad. Uno de ellos explica: “mira, esta es ‘la roca falsa’, se mueve, pero no se cae —la mueve con la mano y es una piedra de varias toneladas—. En ese lugar hay otra cruz tallada sobre una roca. La besan para recibir su bendición.

La vista no se separa del muro rocoso, no hay nada que nos detenga sino la fe, imposible mirar abajo. El vacío jala. Imposible mirar arriba, la altura marea. Un paso, una pequeña saliente, otro paso corto bajo la dirección de los Escaloneros y otra afortunada grapa o lo que queda de una, para tomar impuso con el pie en este tramo que borra el tiempo, que no existe, en un silencio apenas roto para indicar dónde poner la mano o el pie, para recomendar calma y sacudir los nervios. Solidarios me quitan la mochila y la cámara, para facilitar el camino, tan intrincado que el chaleco estorba, las botas se resbalan y uno de ellos, con aire místico sólo trae huaraches, otros, tenis, los menos, botas.

De pronto un pequeño plano y comentan “ya casi llegamos”, pero en ese casi llegamos en un tramo casi vertical, como una estrecha cañada, por donde hay que trepar y así lo hacen y lo hacemos. Otra reducida explanada y el comentario esperado “ya se acabó lo más difícil, ahora viene el último tramo, pero está tranquilo”. Una vereda ascendente a la cumbre, de un lado el precipicio impresionante, del otro las esperanza de poderse asir de una piedra, una rama y luego la cima.

—Ahora sí llegaste —me dicen riendo y pienso en eso antes de responder, que el Maestro Guadalupe Arvizu, de Victoria de Xichú, me enseñó que para entrar a un templo o trepar a un cerro, meterse en una cueva, hay que pedirle permiso a los guardianes, llevarles una ofrenda, explicarles para que queremos, entras, subir o descender. La ocasión anterior había dejado fruta en las capillas y se agotó antes de emprender el ascenso. En esta ocasión llevé ofrendas de dulces que fui depositando para pedir permiso, en un acto íntimo.

—Sí —respondo feliz— fue el agua de El Cuervito y porque al gigante, al Guardián, le gustan los dulces.

Los Escaloneros pasan a besar la Cruz que está permanente, hacen recuerdos de la cruz que fue derribada por un rayo. Hago lo propio y me indican: “ahora vamos con la otra que es la mera jefa”.

Unas fotografías, un descanso y las primeras gotas de lluvia: “¡Vámonos que se ponen resbalosas las rocas!”

Veo Bernal y al horizonte y entre un momento de reflexión, entre llovizna y sol, con el tronido de los cuetes que está soltando “El Chupas”, con el acompañamiento de “La Sombra”, la juventud de “Manchitas”, Lola y Chelo, se me escapan los nombres pero el Lobo solidario va deteniéndome con sus pies estibando los míos para no resbalar, para que pueda fijar la pisada y detenerme, el Lobo suelta un ladrido que despierta la risa de los más de 20 de esta “bajada”. Otro responde como gallo y nuevas risas. Abajo está el Mayordomo José Luis Pérez, esperando en un descanso.

Lo insólito.

 En esas condiciones descritas, los Escaloneros van descendiendo recostados sobre su espalda, deteniéndose pisando las grapas, una fila de hombres por la que desciende la Santa Cruz de mano en mano en un profundo silencio, sólo interrumpido para dar alguna indicación.

A mitad de la peña se detienen para un reposo. Vuelve la formación. Estos hombres bajan la Santa Cruz a riesgo de sus propias vidas, todo el camino es una oración permanente, un limpiar y fortalecer el espíritu. Abajo ya aguarda el lábaro de la Santa Cruz de Bernal, una bandera tricolor con la imagen de la Santa Cruz y dos cruces más que la esperan para recibirla.

Pedro y una Sahumadora, Andrea, dan gracias a los cuatro vientos, limpian las cruces, a las responsables de portarlas, dos mujeres jóvenes. Luego continúa el camino para la Capilla del Descanso, pero antes de llegar una comitiva con una cruz, aguarda para dar la bienvenida.

El ceremonial es muy similar. Sólo que ahora llega una anciana, doña Petrita, mujer ayudada por su bastón, se abre paso con dificultad, hasta estar en medio entre la Santa Cruz que baja y la Cruz que la recibe. Entonces toma el sahumerio y es ella la responsable de llevar el ceremonial, ya no necesita el bastón, camina lenta y custodiada, pero lo hace con soltura. Apenas termina pide su bastón para poder caminar. Arriba otra ancianita, besa las cruces, y sigue la procesión a la Capilla. Donde los Escaloneros visten a la Santa Cruz y la colocan en las andas. Lo hacen con sumo cuidado, piden no lastimarla, no apretar tuercas y tornillos con demasiada fuerza, tener cuidado con el arco. Es un ser al que están vistiendo, es Cristo y colocan el Divino Rostro.

El regreso a casa.

Cuando todo está perfecto, inicia el camino de regreso a casa. Vuelve a atacar la reflexión: ¿por qué vivir esto? ¿Por qué subir y vencer tanto obstáculo? ¿Por qué la necesidad de estar e insistir y viendo al gigante, al Guardián, esa arca de Noé?

Viene la respuesta: para entender la humildad ante el Creador; por la humildad de estos hombres que piden por la paz del mundo y el bienestar de México; por los enfermos y desvalidos; por los niños huérfanos; por quienes estén en los hospitales, en el IMSS, en el ISSSTE en los generales; por los necesitados, por los que sufren, por los migrantes. La humildad de estos hombres que van rezando en el camino mientras descienden la Santa Cruz.

La humildad que olvidamos día tras día; que la canjeamos por la intolerancia y la prepotencia; la humildad para reconocer que se nos permitió llegar y descender, en una lección dada por un grupo de hombres con quien tuve el honor de caminar…

En la cima de la Preña de Bernal se domina todo. No es el lugar más alto del mundo y dista mucho de serlo, pero sí es uno de los tres monolitos más grandes de planeta y un lugar sagrado desde donde la Santa Cruz cobija con su manto al pueblo.

El fervor se vive, se contagia. La fe abraza y el espíritu de servicio y colaboración se siente. Son los Escaloneros…

Entonces se adelantan las percusiones de un tambo con cuero estirado y dos palos como baquetas, retumba el sonido ancestral del Tlalpan Huehuetl y como cauda de este cometa atravesando la peña, los niños que aprenden danza dirigidos por sus maestros, bailan para anunciar el paso de la Santa Cruz de Regreso a casa, al templo, a su templo.

Viene la Santa Cruz, ataviada con su traje limpio, con la milagrera y el Divino Rostro. Vienen sus fieles devotos, los Escaloneros y sus hijos y familias, las cruces de la recepción. Vienen todos porque ser Escalonero es una tradición de fe y una forma de vida.

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